Entrada de blog por carmen - 17-02-2026


Cosechas en peligro: la batalla de nuestra agricultura contra el cambio climático

Lluvias, sequías, inundaciones… cada vez más extremas

Ponerle nombre como Harry, Leonardo o Marta a las borrascas puede parecer simpático, pero esconde una realidad que no lo es: los eventos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes y virulentos. Olas de calor, incendios, lluvias e inundaciones devastadoras están azotando cada rincón del planeta con mayor intensidad. España, como hemos sufrido este mes, no es una excepción, sino todo lo contrario: las evidencias científicas muestran que los impactos por eventos extremos serán especialmente virulentos y más frecuentes en nuestro país, alternando, sequías históricas con meses de lluvias récord que saturan nuestros campos. Solo en este año llevamos nueve borrascas de gran impacto.

Lluvias que no riegan, destruyen

El tren de borrascas de las últimas semanas, ha sido particularmente virulento para la agricultura de nuestro país y ha tenido un efecto dramático en nuestros campos. Según las últimas estimaciones, podrían elevarse hasta las 40.000 hectáreas la superficie dañada en explotaciones agrícolas aseguradas, situando las indemnizaciones en torno a los 35 millones de euros.

Tantos días seguidos de lluvias han tenido claras consecuencias. En los campos donde el suelo está “desnudo” se ha traducido en escorrentía, es decir, el arrastre de los sedimentos y deslizamientos en suelos con pendiente, y por ende, pérdida de suelo fértil. O bien ha generado efecto de anegamiento y saturación del suelo, generando encharcamiento, con posible pudrición de las raíces. Favoreciendo la aparición de hongos y otras enfermedades así como la pérdida de los cultivos que están bajo tierra. Por no hablar de la dramática situación de no haber podido cosechar en ciertas zonas, con grandes pérdidas monetarias.

cosechas tras la dana
©Greenpeace/Pedro Armestre

Algunas prácticas del modelo agrícola convencional, que rompe el suelo o deja la superficie sin cubierta vegetal, ha convertido nuestros campos en toboganes de barro con las lluvias. Y en tierra pobre sin estructura y sin vida. Las creencias instauradas en la agricultura convencional, como que es mejor dejar el suelo “limpio”, sin otras hierbas que el propio cultivo, o el arado y volteo de la tierra, con la idea de “airear la tierra” ha potenciado uno de los grandes problemas actuales: la erosión del suelo. Estamos perdiendo suelo a un ritmo superior al que tarda en formarse y, por tanto, nuestra capacidad de producir alimentos. 

De suelo-tobogán a suelo-esponja

Para prevenir estos desastres necesitamos un efecto tampón mediante prácticas agroecológicas adaptadas a cada contexto y cultivo, como las cubiertas vegetales, las barreras vegetales o la no labranza, fundamentales para estructurar el suelo y crear una suerte de esponja, que absorba el agua y permita su mayor retención. Esto, evidentemente, requiere conocimiento y buen manejo, para que el suelo no solo esté más sano y con mayor retención de agua, sino para que forme un ecosistema que potencie y mejore su fertilidad. Además, suman biodiversidad y reservorios naturales para insectos que pueden servir para prevenir plagas (enemigos naturales), lo que resulta en menor incidencia de enfermedades en esos cultivos. Es como hablar de la importancia de una microbiota sana en el caso de las personas.

El campo es el punching ball del cambio climático pero también la solución frente a futuros desastres

El sistema alimentario mundial supone un tercio de la emisión de gases de efecto invernadero en el mundo. O sea, que nuestra manera de producir, transportar, transformar y consumir alimentos está incrementando la crisis climática y de biodiversidad actual (no nos olvidemos, que el declive de la biodiversidad es alarmante). Sin embargo, la agricultura es de los pocos sectores capaces de mitigar el problema, no sólo reduciendo emisiones, sino absorbiendo las que ya existen. Y eso dependerá del modelo que elijamos. El actual modelo agrario es responsable, y a la vez solución si fomentamos su transición hacia un modelo más sostenible, de un problema tan complejo. Hoy es urgente también su adaptación, ya que los agricultores y las agricultoras, ganaderos y ganaderas son el punching ball que reciben los golpes del clima en primera línea, poniendo en la cuerda floja nuestra seguridad y soberanía alimentaria

Agricultores en el campo
10/06/2020. Villasbuenas de Gata, Cáceres, Extremadura. España.
Mitigar y adaptarse no son una opción, es nuestra supervivencia

Aunque algunos insensatos se empeñen en destruir las políticas climáticas actuales, la urgencia y necesidad de actuar para adaptarnos y mitigar, no son una opción. No nos enfrentamos sólo a un problema ambiental, sino a una «policrisis» que encarece los alimentos, devalúa el trabajo en el campo y frena el relevo generacional.

El cambio climático y sus consecuencias, como el aumento de las temperaturas o de la intensidad de las borrascas, así como la pérdida de biodiversidad, aumentan la vulnerabilidad del sistema y de las personas que lo trabajan, lo que se refleja en una enorme fluctuación de precios, una devaluación de su trabajo y por ende, una falta de relevo generacional. También afecta al resto de la población, a través de nuestras dietas, cada vez menos sanas y más condicionadas por los precios de mercado. La buena noticia es que, aunque el sistema nos haya empujado al borde del precipicio, estamos a tiempo de evitar la caída. La adaptación y mitigación climática ya no es un debate para ecologistas, es una emergencia nacional. Es hora de pasar a la acción y transformar nuestro sistema alimentario con una transición justa para quienes producen y quienes consumen.

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