Entrada de blog por Greenpeace España - 23-09-2026


¿A qué temperatura se deja de aprender?

Aún faltaban varias semanas para el fin de curso y ya estábamos hablando del calor en las aulas. Llegaron las vacaciones, pasaron julio y agosto y, a la vuelta, volvió a ocurrir algo bastante poco sorprendente en los últimos años: septiembre no daba tregua en cuanto a las temperaturas se refiere. 

«Muchos de los colegios que acabaron en junio con mucho calor han empezado en septiembre con mucho calor», resume Elvira Jiménez, responsable de Adaptación al Cambio Climático de Greenpeace.

Cierto es que entre una fotografía y otra han ocurrido cosas. O, más bien, se han anunciado. A finales de junio, el Gobierno central aprobó una partida de 200 millones de euros del Fondo Nacional de Eficiencia Energética para el programa PREE Docente, destinado a mejorar ese apartado en edificios públicos de enseñanza no universitaria. Las ayudas contemplan desde intervenciones en la envolvente térmica hasta climatización, renovables, iluminación o sistemas de control, y serán gestionadas por las comunidades y ciudades autónomas.

El problema, al menos, parece haberse colado en el debate público y está sobre la mesa de las Administraciones. Otra cuestión es cuánto tarda en destinarse esas partidas presupuestarias a árboles para los patios escolares, a fachadas aislantes o a que todas las aulas, por fin, se adecúen para que el alumnado pueda atender la clase sin riesgo a sufrir un golpe de calor. 

Para Jiménez, uno de los principales obstáculos es precisamente ese viaje entre el despacho oficial y los centros educativos. «Por un lado, evidentemente, está la falta de financiación. Y luego, la propia maraña burocrática y la dinámica de competencias, que hacen muy complicado que, cuando hay ayudas, acaben destinadas a los centros de la manera idónea».

© Greenpeace / Mar Sala

Aulas al límite del termómetro 

Curiosamente, como explica la propia Jiménez, resulta más fácil responder a qué temperatura debería trabajar un adulto en una oficina que a qué temperatura debería estudiar un niño.

El Real Decreto 486/1997 establece que los locales cerrados donde se realizan trabajos sedentarios propios de oficinas o similares deben mantenerse por debajo de los 27 ºC. La normativa estatal que fija los requisitos mínimos de los centros educativos exige, entre otras condiciones, ventilación e iluminación natural y directa, y el cumplimiento de normas de salubridad y ahorro energético, pero, en cambio, como remarca la responsable de Adaptación al Cambio Climático de Greenpeace, no establece un máximo equivalente de temperatura para un aula. «Para la labor educativa no existe ese límite que sí existe en otros trabajos sedentarios».

Eso no significa que al cerebro le dé igual. Una revisión de estudios publicada en 2026 en Journal of School Health, que analizó 14 sobre alumnado de primaria y secundaria, encontró que las temperaturas más altas se asociaban generalmente con peores resultados académicos. Los autores advierten de que todavía existen lagunas en la investigación y de que no puede establecerse una única temperatura mágica válida para cualquier edad, tarea o aula. Sí aparece con bastante claridad una idea: el confort térmico importa para aprender.

«Hay distintos estudios que empiezan a definir ciertos rangos de temperatura a partir de los cuales disminuye el rendimiento —explica Jiménez—. Según vamos superando ciertas temperaturas, va disminuyendo el rendimiento, la capacidad de concentración…».

El código postal también influye

«Dentro de una misma ciudad podemos encontrar diferencias —explica la responsable de Greenpeace—. Hay barrios con tramas muy concentradas de edificaciones, tráfico y pocos espacios verdes que fomentan que las temperaturas sean más elevadas que en otras zonas».

A ello se suma el propio edificio. Los centros con aislamiento deficiente, mucha insolación, poca posibilidad de ventilación interior, convierten las aulas en hornos. Y para eso no hay que esperar a una ola de calor. Incluso cuando no se estén dando temperaturas extremas en el exterior, la inercia térmica de los centros puede hacer que el calor dentro sea insoportable. 

Por eso el código postal puede terminar teniendo bastante que decir sobre la temperatura del pupitre. Y ahí el problema climático empieza a mezclarse con otro: la desigualdad educativa.

El citado estudio de Journal of School Health advierte precisamente de que los efectos de la temperatura sobre el entorno escolar pueden contribuir a desigualdades educativas y recoge estudios en los que los estudiantes de comunidades con menores ingresos presentan mayor vulnerabilidad.

Jiménez lo plantea de forma sencilla: «Si un centro está mejor preparado para hacer frente a temperaturas elevadas, eso va a afectar a la calidad de la enseñanza y puede generar diferencias entre unos alumnos y otros». Un día excepcionalmente caluroso puede quedarse en anécdota. Varias semanas cada final y principio de curso empiezan a ser otra cosa.

Auditar para priorizar

La solución más inmediata podría parecer instalar equipos de refrigeración en los centros. Sin embargo, no todos los edificios parten de las mismas condiciones ni necesitan las mismas medidas. «Cuando tienes que intervenir en un edificio, hay que empezar con una auditoría energética para ver cuáles son las necesidades y, a partir de ahí, priorizar», explica Elvira Jiménez.

De ahí que Greenpeace reclame, primero, un diagnóstico general del parque educativo que permita saber dónde hace más calor, qué edificios están peor preparados y qué barrios son, además, más vulnerables.

«Si una de las limitaciones son los recursos, prioricemos los centros que tienen temperaturas más elevadas y que están en barrios que, por ejemplo, tienen menos zonas verdes».

El patio también es colegio

Durante años, buena parte de los patios escolares españoles respondieron a una fórmula bastante reconocible: mucho pavimento, pistas deportivas y zonas de juego; el verde, cuando lo había, ocupaba un papel secundario.  

Las altas temperaturas revelan las carencias del modelo. «Los niños y las niñas pasan tiempo tanto en el interior como en el exterior. Y en el exterior están directamente expuestos al sol; y coincide, además, con momentos en los que hacen actividad física», recuerda la responsable de Adaptación al Cambio Climático de Greenpeace. Por eso considera la renaturalización de los patios una de las actuaciones que podrían abordarse con mayor rapidez.

Introducir árboles, vegetación y sombra no sirve únicamente para hacer más soportable el recreo. Puede contribuir a refrescar el entorno inmediato del edificio y extender sus efectos más allá de la valla del colegio.

«Si tienes un patio grande, verde, que refresque, puede contribuir también a bajar la temperatura del edificio». Y aquí aparece la posibilidad de que el colegio siga siendo útil para el barrio cuando suena el timbre de salida. La normativa estatal ya contempla que las instalaciones escolares puedan utilizarse fuera del horario lectivo para actividades educativas, culturales o deportivas. Si esos edificios y patios estuvieran convenientemente adaptados, Greenpeace propone aprovecharlos también como refugios climáticos durante episodios de calor.

«Esa inversión trasciende a la comunidad educativa y puede beneficiar a todo el barrio», explica Jiménez. En verano, por las tardes o cuando no existe actividad docente, algunos espacios podrían acoger actividades culturales y comunitarias y ofrecer un lugar fresco a quienes no disponen de uno en casa.

© Guillermo Carazo / Greenpeace

Recreos más frescos

Mientras llega la transformación de los edificios, existen protocolos para afrontar episodios extremos. Pero no son homogéneos en todo el país.

Las comunidades y Administraciones locales disponen de planes frente al calor que pueden incluir cambios de horario, hidratación, reducción de actividad física o suspensión de determinadas actividades. 

Y aquí aparece una contradicción bastante gráfica. Las recomendaciones sanitarias durante episodios de calor suelen pedir evitar la actividad física en las horas de mayor temperatura. Sin embargo, el horario escolar puede mandar a los niños al recreo o al comedor precisamente cuando el riesgo es mayor.

«Muchas veces se sale al patio a la hora de comer, que es una hora malísima para estar fuera. Estamos mandando a los niños y a las niñas al patio precisamente cuando las recomendaciones dicen que no se hagan actividades al aire libre».

¿La solución sería, entonces, retrasar el comienzo del curso o terminar antes en junio? Para Greenpeace, no necesariamente. Cambiar el calendario tiene implicaciones educativas, laborales y familiares y no resuelve el problema de fondo. «Habría que priorizar adecuar los centros antes que trastocar mucho calendarios y horarios».

Otra cosa son las medidas puntuales ante un episodio extremo: adelantar la jornada, modificar un recreo o cancelar una actividad exterior. Pero el objetivo debería ser mucho menos excepcional: conseguir colegios en los que pueda darse clase con normalidad, aunque fuera haga calor.

© Guillermo Carazo / Greenpeace

Preparar la escuela para el clima que viene

La cuestión, por tanto, no es solo cómo responder al próximo episodio de altas temperaturas, sino si los colegios están preparados para un escenario en el que el calor ocupará cada vez más días del calendario escolar.

Y para responder no basta con mirar al aula. Hay que ampliar el plano: del edificio al patio, del patio al barrio y del barrio a la ciudad.

Renaturalizar, crear corredores verdes, reducir el tráfico, peatonalizar los entornos escolares, mejorar el aislamiento, recurrir a la climatización pasiva y, cuando sea necesaria la refrigeración activa, utilizar sistemas eficientes alimentados con energía renovable. Se trata, en definitiva, de adaptarse al calor sin contribuir a agravar el problema que lo provoca.

«Mientras nos adaptamos a los cambios que ya están aquí, es fundamental trabajar urgentemente para mitigar el cambio climático reduciendo las emisiones y evitar que las temperaturas sigan aumentando —advierte Jiménez—. Si lo abordamos desde una perspectiva más sistémica, de barrio y de ciudad, todo suma».

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