Entrada de blog por carmen - 29-07-2026


«Gastar millones en regenerar playas es inútil, la mejor trinchera es el ecosistema»

María José Caballero, responsable de Costas de Greenpeace, advierte de que el cambio climático ha cambiado para siempre las reglas del juego en el litoral español. Frente a la violencia de las lluvias torrenciales y las borrascas extremas, el colapso de las especies marinas y la fiebre del turismo de lujo, la activista exige abandonar la trampa del cemento, dejar de financiar parches inútiles de arena y devolverle espacio a la naturaleza antes de que el mar se lo cobre.

En Greenpeace llevamos más de quince años publicando el informe Destrucción a toda costa. Si miramos los de hace una década y los comparamos con el de este año, ¿en qué hemos cambiado? ¿Sigue siendo el mismo problema o han cambiado los monstruos que amenazan nuestro litoral?

Desde que se publicó el primer informe en el año 2001, la costa ha cambiado mucho. Hay un mayor conocimiento de que no todo vale en nombre de que vengan 10, 100 o 1000 turistas más, porque las playas son espacios dinámicos que necesitan moverse de acuerdo con las olas y donde la arena va y viene en función de las corrientes marinas. 

Diques, espigones y regeneraciones artificiales son parches cada vez más caros y efímeros. Hace 20 años esto no se entendía, ahora se conoce y se está tratando de devolver el espacio natural que necesita un arenal para sobrevivir. 

El gran monstruo es el cambio climático, que provoca la subida del nivel del mar, hace más intensos los temporales y aumenta la temperatura del agua, con consecuencias terribles. 

Llevamos años avisando de las consecuencias del urbanismo salvaje. ¿Qué siente una científica/activista al ver que eventos extremos como la dana de octubre de 2024 demuestran, de la peor manera posible, lo que Greenpeace llevaba años prediciendo?

No es tanto quién lo predice, porque, si no se hace nada para adaptar los municipios, se quedará en nada. Nuestro empeño e interés es que se pongan en marcha las medidas necesarias para que no haya daños materiales ni humanos. Y para que sobreviva la costa y su biodiversidad, que es una fuente de riqueza manifiesta. 

Tenemos que aprender de lo que hacemos mal para no repetir los errores. Si durante la dana vimos que había muchas casas ubicadas en zona inundable, no podemos dejar las cosas igual. A las Administraciones les toca ser responsables y poner en marcha soluciones para evitar daños materiales y humanos, desde mejorar las alertas tempranas (que son las que más vidas salvan), hasta explicarnos qué es la autoprotección y por qué salva vidas, y hasta no permitir que haya casas en zonas inundables.

El informe señala que España se calienta más rápido que la media y que el Mediterráneo está en una ola de calor marina casi constante. ¿Cómo se traduce este calentamiento del mar en el día a día de nuestras playas y de quienes vivimos en la costa?

Tenemos la maravillosa suerte de que tenemos muchas universidades y centros científicos cuantificando lo que está pasando en estos últimos cinco años en la biodiversidad marina y costera de las aguas que nos rodean. 

El aumento de la temperatura del agua provoca dos efectos principales. Por un lado, acelera el metabolismo de los peces y, al mismo tiempo, el agua retiene menos oxígeno. Esto limita su crecimiento y ya ha forzado a unas 3.000 especies a reducir su tamaño corporal para sobrevivir. Además, el aumento de la temperatura del mar favorece a las especies de plancton más pequeñas y menos nutritivas, lo que, a su vez, provoca el menor crecimiento de las larvas de los peces. Es un fenómeno que compromete la pesca comercial y la seguridad alimentaria.

Y no es el único impacto, los eventos meteorológicos extremos están provocando caídas en la productividad del marisco. 

Las proyecciones sobre la crisis climática indican que para 2050 la mortalidad estival del mejillón mediterráneo será casi total, sumada a una caída drástica en la productividad de la ostra, la almeja y otras 57 especies evaluadas en el Atlántico.

El Mediterráneo, que se calienta un 20 % más rápido que la media mundial, es uno de los focos más preocupantes. Al ser un mar semicerrado, las especies no pueden migrar hacia el norte buscando aguas frías y se ven atrapadas en una cuenca cada vez más cálida, afectando a especies como los atunes, cuyos veloces desplazamientos (de hasta 110 km/h) les exigen un mayor gasto de energía, o la pérdida de corales en el mar de Alborán. Estas formaciones marinas son  hoteles que sirven de refugio, guardería y alimento para cientos de especies. Su desaparición impide que larvas y peces jóvenes no puedan descansar, refugiarse y crecer antes de moverse entre el Mediterráneo y el Atlántico. O la desaparición de las praderas de posidonia (afectadas por las olas de calor marinas), que deja expuesta la costa frente a la erosión. Sin estas praderas, el impacto de las danas en la costa es doblemente destructivo. 

El Cantábrico está perdiendo su esencia de mar frío, sufriendo un proceso de sustitución de especies sin precedentes. Peces comerciales típicos del sur (como la chopa o el salmonete) son cada vez más frecuentes, mientras que especies de aguas frías como el bacalao o el salmón se desplazan hacia latitudes árticas, reduciendo su biomasa en un 16 %. Especies como la merluza, el rape o el bocarte ya están disminuyendo su tamaño debido al desajuste metabólico provocado por el aumento de temperatura y la pérdida de oxígeno en el agua. Las altas temperaturas también empujan a especies de aguas frías como el bonito del norte o la xarda (caballa) a variar sus rutas de migración y desplazarse más al norte. Destaca también que el aumento de episodios de lluvias extremas altera la salinidad de las rías, provocando mortalidades masivas en bancos de almejas y berberechos.

La fachada atlántica sufre la combinación de la subida del nivel del mar y un aumento en la intensidad de los temporales que pone en peligro especialmente las costas bajas y arenosas (como las del Golfo de Cádiz y Huelva). El aumento de la temperatura del mar provoca la llegada de algas invasoras, como el alga asiática, que provoca enormes costes, tanto por su retirada en las playas como los daños al sector pesquero.

El Algarrobico sigue en pie, como los hoteles de las Dunas de Corralejo, el Sidi Saler o las torres Gemelos 28. ¿Por qué cuesta tanto demoler lo ilegal y renaturalizar, incluso cuando hay sentencias judiciales firmes? ¿Falta de voluntad política o una maraña administrativa intencionada?

Desde lo que conocemos, al haber visto la evolución de la costa durante más de dos décadas, vemos que hay poca voluntad política para arreglar lo que se ha hecho mal. 

El hotel ilegal del Algarrobico es un auténtico símbolo de la barbarie en nombre del turismo. ¿Cómo es posible construir una mole de 21 plantas a 14 metros de la franja protegida por la Ley de Costas, y que, además, esté incluido en una zona de especial protección de un parque natural? Pues porque las Administraciones no entienden que, además de ilegal, es muy dañino para la supervivencia de la playa. A esto hay que sumar que las demoliciones son costosas para los ayuntamientos, así que optan por mirar para otro lado. La suerte es que ya no dejamos que se construyan más. Pero la herencia del ladrillo todavía está ahí y no sabemos durante cuánto tiempo más.

Ahora se habla mucho de sostenibilidad y turismo de calidad o de lujo (jets privados, yates, nuevos macrohoteles). ¿Es realmente un modelo más sostenible, como nos venden, o es solo una capa de pintura verde sobre la misma sobreexplotación de siempre?

Es triste, pero no solo no es más sostenible, sino que es un engaño. El turismo de lujo enmascara un consumo desmedido de recursos por cada visitante: un turista medio duplica el gasto de agua de una persona que reside en un determinado municipio, pero los alojamientos de lujo en zonas de alto estrés hídrico como Baleares puede superar los 600 litros de agua por huésped y día (frente a los 128 litros de un vecino). 

El segundo factor a contemplar es la hipermovilidad. Un jet privado emite 10 veces más CO2 por pasajero/km que un vuelo comercial convencional. A esto se suma que los billetes Business y VIP, pese a representar solo el 14 % de las ventas en aviación en España, generan más de un tercio de las emisiones del sector por el espacio y peso que ocupan. 

Por último, también cabe resaltar que es un tipo de turismo depredador para el territorio: buscan los últimos paraísos en la costa para llenarlos de cemento y hormigón, como el caso del proyecto Underwaters Gardens en Tenerife. Las grandes marinas para yates o el fondeo incontrolado de embarcaciones de recreo siguen destruyendo ecosistemas clave como la posidonia oceánica y privatizando la primera línea de costa.

El verdadero turismo sostenible no se mide por la billetera del visitante ni por sellos de lujo verdes, sino por el respeto estricto a la capacidad de carga del territorio, la reducción drástica de emisiones, el empleo digno del sector y la garantía del derecho a la vivienda y al descanso de las comunidades locales.

Se está debatiendo en el Congreso modificar la Ley de Costas para amnistiar o proteger ciertas construcciones en primera línea argumentando «patrimonio cultural». ¿Qué mensaje transmite la política cuando intenta cambiar las leyes para salvar ladrillos que el mar, inevitablemente, se va a llevar?

Es tratar de defender que la costa no ha cambiado, que no hay cambio climático, que los eventos meteorológicos extremos no son más frecuentes e intensos o que todas las construcciones en primera línea de playa tienen un grave impacto sobre la propia arena. Con la subida acelerada del nivel del mar y la mayor violencia de los temporales, el mar recuperará de forma inevitable el espacio que el cemento le arrebató. El mar no respeta títulos de propiedad, esa es la realidad.

Transmite un mensaje irresponsable y negacionista de la realidad climática. Intentar modificar la Ley de Costas para amnistiar edificaciones en dominio público marítimo-terrestre bajo la etiqueta de «patrimonio cultural» es una trampa. Hay que dedicar todos los esfuerzos en proteger a las personas y a las playas para asegurar su supervivencia. 

Por duro que sea, clasificar estas construcciones como protegidas implica abocar a las arcas públicas a un pozo sin fondo: millones de euros destinados de forma periódica a escolleras, regeneraciones artificiales de arena y reparaciones tras cada borrasca. Son recursos que no garantizan la supervivencia de la costa y que se detraen de las verdaderas soluciones y del blindaje de los servicios públicos.

Patrimonio no es mantener el hormigón al borde del acantilado a cualquier precio; patrimonio es garantizar que las futuras generaciones sigan teniendo playas, biodiversidad y una costa viva. Legislar para amnistiar ladrillos en primera línea es condenar al litoral a la destrucción y vender a la ciudadanía una falsa y peligrosa sensación de seguridad.

Por cada centímetro que sube el mar, perdemos un metro de playa. Ante esta matemática inapelable, ¿cuál debería ser la prioridad urgente de las Administraciones para los próximos cinco años?

La prioridad urgente debe ser asumir la realidad y pasar de la resistencia inútil a una gestión costera adaptativa. Seguir inyectando millones de euros públicos en regeneraciones artificiales de arena y en dragados que el próximo temporal se volverá a llevar es tirar el dinero y destruir los fondos marinos. Ante este escenario, las Administraciones deben articular de forma inmediata varias líneas de acción prioritarias:

Restauración de las defensas naturales. En el informe se citan casi 50 ejemplos de cómo dejando a las playas recuperar sus características naturales estas no necesitan aportaciones artificiales de arena. La prioridad debe centrarse en restaurar de forma agresiva los sistemas dunares, humedales, marismas y praderas de posidonia oceánica en el Mediterráneo. Estos ecosistemas actúan como escudos elásticos capaces de amortiguar la energía de las borrascas y frenar la pérdida de sedimentos. Por el contrario, diques, muros  y espigones agravan la erosión.

Gestión de la presión urbanística y turística. Revisar los planes urbanísticos municipales para impedir nuevos desarrollos en el frente litoral y en zonas inundables. Plantear una retirada estratégica de infraestructuras, paseos marítimos y edificaciones en zonas de alto riesgo de inundación y erosión costera, reubicándolas de una forma planificada y justa.

Diseñar el futuro de la costa bajo criterios científicos y la participación social, alejándose de los intereses políticos a corto plazo. Tener en cuenta los límites físicos de la costa. Si perdemos metros de arena, habrá menos espacio, y hay que garantizar la conservación y el derecho al disfrute sin colapsar el ecosistema.

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Guía rápida para veraneantes: cómo detectar el deterioro de la costa y protegerla

Proteger el litoral no exige ser veraneantes perfectos, sino personas activas que no normalicen la destrucción de un ecosistema vivo en crisis. Mirar la playa con ojos críticos es el primer paso para defenderla.

Las 5 señales de alarma de una playa enferma

1. Obras y artificialización: Excavadoras, tuberías o escolleras de hormigón en la orilla delatan una costa que ha perdido sus defensas naturales.

2. Masificación: Playas saturadas donde la marea alta casi no deja arena seca impiden la recuperación natural del entorno.

3. Dunas degradadas: La vegetación destruida, el pisotón continuo y la basura impiden que la playa retenga la arena.

4. Aguas turbias o con espuma: Revelan fallos en la depuración de aguas residuales de municipios desbordados por el turismo.

5. Anclajes sobre posidonia: Barcos fondeados sobre manchas oscuras arrasan con el pulmón del mar y la barrera natural contra el oleaje.

3 acciones concretas: Pasa a la acción

1. Sé los ojos de la costa: Denuncia vertidos, fondeos ilegales o destrozos en dunas haciendo fotos y avisando al Seprona (062) o a colectivos locales.

2. Rechaza el usar y tirar y el despilfarro de recursos: Evita los plásticos de un solo uso y modera tu consumo de agua y generación de residuos.

3. Apoya la economía local: Apuesta por el consumo de proximidad y huye del turismo masivo que precariza el entorno.

Cuidar la playa que disfrutamos hoy es la única garantía de que siga existiendo mañana.

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