Greenpeace documenta, con imágenes exclusivas desde el aire, las zonas quemadas por los incendios en Toledo, Madrid, Ávila, Segovia y Guadalajara
- Greenpeace ha contado con el reconocido fotógrafo Pedro Armestre para documentar las zonas afectadas por los incendios en el centro peninsular, incluidos puntos no fotografiados hasta ahora
- Las imágenes reflejan la devastación del incendio de Burgohondo, el mayor desde que se tienen registros, así como el que afectó a la sierra oeste de Madrid, que provocó la declaración de “emergencia nacional”
- El color negro y gris que predomina en las imágenes delata una amenaza inminente: las próximas lluvias arrastrarán las cenizas hasta ríos y embalses, comprometiendo la calidad del agua
- Greenpeace muestra su solidaridad con las personas y pueblos afectados, así como con los equipos de extinción, y pide a las fuerzas políticas que actúen pensando en el interés común
Se inaugura hoy el mes de agosto y, sin embargo, el presente verano de 2026 ha dejado ya varios hitos para la historia de los incendios forestales en España, tanto por su magnitud y virulencia como por el número de personas afectadas y fallecidas. Por eso, Greenpeace, de la mano del reconocido fotógrafo social y medioambiental Pedro Armestre, ha querido analizar desde el aire la magnitud de la destrucción y la desolación, llegando incluso a zonas no fotografiadas hasta ahora en los graves incendios ocurridos en Toledo, Madrid, Ávila, Segovia y Guadalajara.
IMÁGENES DE FOTO Y VÍDEO EN ALTA
Las imágenes aéreas tomadas ayer desde avioneta recogen la dimensión, virulencia e impacto ambiental y socioeconómico de los incendios que este mismo mes comenzaron en las localidades de Brieva (Segovia), Almorox (Toledo), San Martín de Valdeiglesias (Madrid), Burgohondo (Ávila) y La Mierla (Guadalajara), y que han traído al centro de la península realidades ya vividas en otras comunidades autónomas durante 2025. Los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) sobre mediciones provisionales de perímetros sobre el área afectada en estos cinco grandes incendios arrojan una estimación de 107.041 hectáreas, el 59,46 % de la superficie quemada hasta la fecha (180.000 ha), destacando Burgohondo (Ávila, 44.447 ha) y La Mierla (Guadalajara, 32.100 ha) como los megaincendios más grandes en lo que va de año.

Las imágenes, en las que priman cenizas, vegetación muerta y casas comprometidas por las llamas, muestran cómo estos incendios han afectado al medio natural, de manera especial a espacios naturales protegidos como el Pinar de Almorox (Toledo), el Valle de Iruelas y el Castañar del Tiemblo (Ávila), el entorno del embalse de San Juan (Madrid), Valle del río Pirón (Segovia) y la Sierra Norte de Guadalajara, todos ellos incluidos en la Red Natura 2000 de la UE. Estos tesoros del patrimonio natural contienen ecosistemas representativos de la zona del centro de la península y albergan poblaciones de flora y fauna protegida, con especies tan emblemáticas del mundo mediterráneo como el buitre negro (Aegypius monachus), cuya población en el Valle de Iruelas es una de las más importantes de España y de Europa, o el águila imperial ibérico (Aquila adalberti), presente en el Suroeste de la Comunidad de Madrid con varias áreas de nidificación y campeo.
Pero los daños han sido dramáticos también en espacios humanizados como el entorno de numerosos pueblos (que tuvieron que ser desalojados o su población confinada), urbanizaciones, campings, instalaciones turísticas, clubs nauticos, negocios de restauración, naves industriales, explotaciones ganaderas, agrícolas o apícolas. El daño al tejido socioeconómico de estas zonas afectadas por el fuego ha sido de tal magnitud que queda comprometido el futuro económico de muchas familias y numerosos puestos de trabajo. El fuego no solo calcina ecosistemas forestales, arruina el futuro del medio rural.
El color negro y gris que domina en las imágenes delata una amenaza inminente. Las próximas lluvias encontrarán un suelo sin vegetación y arrastrarán la ingente cantidad de tierra y cenizas a través de las vaguadas y arroyos. Durante estos episodios el agua de los ríos puede convertirse en una corriente de lodo y cenizas (el “chapapote de monte”) que llegará hasta los embalses y zonas de captación de agua para el abastecimiento humano. Además de inutilizar temporalmente los sistemas de depuración, la calidad y composición química del agua impedirá su utilización en otros usos y afectará a los ecosistemas acuáticos con grave afección a especies de interés piscícola y fauna y flora amenazada. Por tanto, urge empezar a liberar presupuestos para establecer diques de retención en las laderas quemadas y retener el máximo de estos arrastres, priorizando las zonas vitales para el abastecimiento de agua de la población.
El fuego se ha cebado especialmente con los perímetros de las urbanizaciones del Suroeste de Madrid, poniendo en evidencia el incumplimiento o la poca efectividad de la Directriz Básica de Protección Civil que obliga a los municipios a redactar Planes de Emergencia contra incendios forestales y a las urbanizaciones y núcleos residenciales en la interfaz urbano forestal a elaborar Planes de Autoprotección.
“La solución a los grandes incendios forestales y a veranos como el que estamos viviendo no vendrá a través de la utilización de estas crisis como arma política sino a través de un gran acuerdo político y social que incorpore las propuestas ya consensuadas por las organizaciones de la sociedad civil y de aprobar reformas, presupuestos y medidas concretas para empezar a invertir la tendencia actual que nos lleva al incremento de los grandes incendios de efecto devastador”, ha declarado Miguel Ángel Soto, portavoz de la campaña de Bosques de Greenpeace España.
Los incendios ocurridos hasta la fecha se han llevado la vida de 15 personas y más de 100.000 han sido desalojadas o confinadas en sus casas en Ávila y Madrid. El grave riesgo sobre la población en varias comunidades autónomas ha obligado a declarar, por primera vez, la emergencia nacional por incendios y el incendio de Burgohondo es ya el mayor de la historia desde que se tienen registros. Cuando todavía estamos en el ecuador de la temporada estival, la superficie afectada hasta la fecha se ha multiplicado por seis respecto al mismo periodo del año pasado.
El cambio climático aumenta el riesgo de que se produzcan grandes incendios forestales como los que hemos vivido. Tras la cuarta ola de calor en lo que va de verano, la humedad del suelo se ha reducido hasta grados extremos y la materia viva está en estado de estrés hídrico, aumentando el riesgo de incendio. En caso de rayo, accidente, negligencia o incendio intencionado, esta vegetación se comporta como un combustible perfecto para la propagación del fuego y en condiciones de viento facilita que se propague a gran velocidad. Si, además, se producen durante fenómenos meteorológicos extremos como las olas de calor se crean escenarios favorables para los incendios de alta intensidad que se hacen ingobernables. Olas de calor que están siendo más frecuentes y prolongadas debido al cambio climático. Según la AEMET, en España durante el verano de 2025 uno de cada tres días del verano, aproximadamente, estuvo bajo situación de ola de calor. El pasado mes de julio de 2026, 13 días estuvieron bajo situación de ola de calor, casi la mitad. Bajo estos escenarios, los expertos de emergencias se ven obligados a calificar el incendio como “fuera de la capacidad de extinción”, y esperar a que las condiciones meteorológicas cambien.
Greenpeace urge a realizar un cambio de paradigma en la lucha contra los incendios forestales centrado en la prevención y la gestión del territorio. De igual forma, los planes de prevención locales deben implementarse y dotarse de recursos reales, aumentando la concienciación social y mejorando las alertas a la población. Se hace también muy necesario adelantar las restricciones de seguridad ante olas de calor extremo y aumentar la concienciación social sobre el riesgo y la autoprotección, recordando que el 95% de los fuegos en el país son causados por negligencias o intencionalidad humana.
La organización hace una llamada para transformar la solidaridad y la colaboración que surge en los momentos más dolorosos en un compromiso político y social tangible, permanente e integral y exige una política pública estable, ajena a los ciclos electorales, con colaboración entre todas las administraciones y una participación activa de la sociedad civil y la comunidad científica. Por este motivo, Greenpeace pide:
- A las fuerzas políticas en el Congreso, que escuchen el alto grado de consenso alcanzado entre los profesionales de la extinción, el sector forestal y las organizaciones ecologistas para empezar a trabajar en un acuerdo político amplio que haga posible un cambio de paradigma en la lucha contra los incendios forestales. Se necesita una financiación estable y una fiscalidad favorable a la gestión forestal que nos permita invertir la tendencia al abandono del medio natural.
- Al Gobierno central una estrategia estatal centrada en la prevención: campañas de educación ambiental y un mayor esfuerzo en la investigación y reducción de las causas que provocan los incendios, con mayor dotación presupuestaria y humana a la Fiscalía de Medio Ambiente, el Seprona y los agentes forestales.
- Al Gobierno central y las comunidades autónomas una inversión de, al menos, 1.000 millones de euros al año para gestionar el paisaje forestal y actuar cada año sobre un mínimo del 1% de la superficie forestal española.
- A las comunidades autónomas, reforzar la planificación preventiva, los dispositivos de prevención y extinción, la gestión del territorio y el cumplimiento de la legislación de biodiversidad y restauración de zonas quemadas.