Cantábrico a 25 °C y Mediterráneo a 33 °C: Estos son los impactos del calentamiento marino en el clima y la biodiversidad
Llegas a la playa sudando, hace calor. Miras al mar con alivio y te metes corriendo buscando frescor pero tocas el agua y parece una sopa tibia. Esta es la realidad cada vez más frecuente de nuestros veranos. Mientras en tierra firme contamos los días de calor sofocante, bajo las olas se está librando una crisis silenciosa pero devastadora.
Y es que el calor no se queda en tierra. En el agua de los mares y océanos también hay olas de calor, en su caso marinas, y una subida de las temperaturas crónica desde hace años. A nivel global, la temperatura media oceánica ha aumentado 0,5 ºC en las últimas cuatro décadas, con las temperaturas más altas registradas en los últimos 20 años.
El calentamiento del agua hace que las olas de calor marinas sean más frecuentes. Las olas de calor marinas son periodos en los que se superan temperaturas por encima del percentil 90 durante al menos cinco días. Al igual que con los huracanes, existe una categorización en función de su intensidad que va desde la categoría 1 (moderada) hasta la categoría 4 (extrema). En los mares europeos la proporción de zonas marinas afectadas por alguna categoría de ola de calor marina ha ascendido hasta un 98% en 2023-2025. En estos años no solo se han extendido sino que han aumentado su intensidad. En 2025 el 86% de los mares europeos tuvieron olas de calor marinas al menos de categoría 2 (fuertes) y el 36% de categoría 3 (severa) o extrema. Además, estos eventos no son exclusivos del verano. También en invierno hay olas de calor marinas. En este mismo año, la proporción de mar europeo con picos de temperatura fue del 59% durante el mes de enero.
Los mares semicerrados o de poca profundidad sufren más el calentamiento. En el caso del Mediterráneo es especialmente grave, ya que se calienta dos a tres veces más que la media global. Desde 2014 ya se registraron olas de calor marinas en más del 98% de sus aguas, un valor que ya está en el 100% desde 2022. Es decir, no hay ninguna zona del Mediterráneo que no esté con picos de temperatura extendidos durante varios días en algún momento del año.

Si ponemos la lupa en las aguas que bañan nuestras costas tenemos datos igualmente preocupantes. De hecho todas las aguas que rodean a la península ibérica y las islas se están calentando un 67 % más rápido que la media mundial, a un ritmo de 0,25 ºC por década.
Y si nos centramos en este verano de 2026, que nos está dando cifras de récord de incendios y temperaturas, bajo el agua no es una excepción.
A nivel global, en junio y julio se han batido récord de temperatura media oceánica. En España, el calor que llegó en mayo a las calles también se vivió en el mar, con récords historícos en todas las boyas del Mar Cantábrico y Galicia y la mayoría del Mediterráneo.
A principios de julio las aguas que rodean a la península superaban en 4 ºC la temperatura habitual, situándose en valores más propios del mes de agosto. En el Cantábrico, la boya de Bilbao-Vizcaya ha registrado temperaturas de récord mensual desde abril, superando los 25,2 ºC en el mes de julio. En el caso del Mediterráneo se ha calificado su actual ola de calor como categoría 4 (extrema) con valores de récord absoluto como los 33 ºC registrados en la boya de Dragonera (Mallorca) este mes de agosto.
Al margen de los picos de calor, las aguas del Mediterráneo que bañan las costas españolas llevan de forma prácticamente continuada en temperaturas por encima de la media desde enero de 2023. Son tres años de fiebre bajo el mar.
Estos datos tan abrumadores y contundentes deberían llamar a la acción urgente, porque aunque el calor en el mar parezca no tener un impacto en nuestras vidas, sí que notamos sus efectos de forma directa.
Los océanos regulan el clima. Absorben el 90% del exceso de calor global, por lo que son un amortiguador esencial del calor que se acumula en la atmósfera. Esta función nos protege y hace que la temperatura en tierra sea menor, pero tiene su coste.
El mar caliente aporta más humedad a la atmósfera, que alimenta las tormentas y contribuye a temporales más extremos. Por ejemplo, en la DANA de 2024 el calentamiento del Mediterráneo aportó un 8% más de humedad a la tormenta. El mar caliente también aumenta la subida del nivel del mar al reducir su densidad. Estos cambios en la densidad y afectan a las corrientes marinas que distribuyen el calor por todo el planeta y también mueven los nutrientes desde las zonas más profundas del océano.
Un mar caliente también se traduce en impactos para la biodiversidad. Las especies marinas, con una temperatura que amenaza su desarrollo y supervivencia, migran a otras aguas más frescas. Y mientras unas se van, otras, mejor adaptadas al agua más caliente, vienen, invadiendo ecosistemas donde no tienen depredadores naturales.
Las que peor lo tienen son las que no pueden escapar porque son sésiles: moluscos, algas, corales, gorgonias o plantas sufren los impactos del aumento de la temperatura del agua traduciéndose en mortalidades y alteraciones de estos ecosistemas que en la mayoría de los casos conforman los hábitats clave para otras especies.
La biodiversidad marina sufre y también las comunidades pesqueras artesanales que dependen de estas especies y de sus aguas cercanas para mantener su actividad.

¿La solución? Frenar el cambio climático para que los océanos no se calienten más. Es urgente que la temperatura en la tierra no siga aumentando tan rápidamente y para ello necesitamos poner fin de una vez por todas a los combustibles fósiles, al ser los principales causantes de la crisis climática actual.
Y proteger los mares. Necesitamos alcanzar al menos un 30% de superficie marina protegida de forma efectiva en nuestras aguas nacionales y dar cumplimiento al Tratado Global de los Océanos protegiendo al menos el 30% de la alta mar para 2030. La protección mediante la creación de una red de santuarios marinos es la herramienta clave que permite que los ecosistemas marinos y la biodiversidad que albergan puedan recuperarse y prosperar. Pero con proteger solo no basta, también hay que impedir que las actividades que están generando un daño directo en el mar, como la pesca y acuicultura industriales, cesen su actividad; además de impedir la puesta en marcha de nuevas industrias emergentes como la minería submarina, que generaría unos impactos irreparables sobre los fondos marinos, además de agravar la crisis climática ya presente.
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