Cuenta atrás para el SDDR: necesitamos volver a devolver (la botella)
Hubo un tiempo en el que devolver una botella formaba parte de nuestra rutina. El casco volvía a la tienda, la tienda lo devolvía al distribuidor y el envase seguía circulando. Pero luego se impuso la cultura del usar y tirar, los envases desechables y una promesa aparentemente cómoda: ya nos ocuparíamos después de reciclarlo todo. Décadas más tarde, está demostrado que no era verdad. En España, cada día millones de latas, botellas y bricks acaban enterrados, incinerados o abandonados en el entorno. Una cifra que evidencia el agotamiento del actual modelo de gestión de residuos, incapaz de frenar una contaminación que ya tiene impacto tanto en los ecosistemas como en nuestra salud.
El próximo 22 de noviembre vence el plazo para implantar en España el Sistema de Depósito, Devolución y Retorno de envases (SDDR), un mecanismo que permite recuperar el importe de una botella o una lata al devolverla al comercio. Un sistema que ya funciona en más de 50 países y que, según Greenpeace, podría cambiar radicalmente la relación que mantenemos con los residuos.
La cuenta atrás genera ciertas dudas. «Estamos en un momento de bloqueo institucional provocado por el maquillaje de datos de la industria», denuncia Julio Barea, responsable de campaña de Greenpeace España. Aunque la ley fija 2026 como fecha límite, advierte de que «el retraso acumulado y la falta de transparencia de los sistemas actuales amenazan con incumplir los plazos», una situación que, a su juicio, «requiere una acción política inmediata para forzar la implantación del sistema de retorno ante el fracaso del modelo actual».
Aun así, Barea asegura que todavía hay margen para cumplir el calendario previsto. «Greenpeace está trabajando activamente para que se cumpla el plazo que marca la Ley de Residuos y que el 22 de noviembre de este año podamos volver a disfrutar de algo tan sencillo como devolver el casco a la tienda».
En su opinión, el problema no es técnico. Tampoco logístico. «El retraso se debe principalmente a la presión de los envasadores y la gran distribución, que controlan el monopolio de la venta de envases y de la gestión de residuos». Según Greenpeace, buena parte de la industria se resiste a asumir el coste real de gestionar los residuos que genera y mantiene un modelo que «externaliza las pérdidas a la ciudadanía». «Aquí quienes pagamos somos las personas consumidoras», resume Barea.
Mientras España sigue debatiendo su implantación, otros países llevan años demostrando que el sistema funciona. Alemania y los países nórdicos suelen aparecer como los grandes referentes europeos. Allí las tasas de recuperación de envases superan ampliamente el 90 %. Pero más allá de las cifras, lo que ha cambiado es la percepción del residuo.
«En esos países se ha conseguido que el residuo deje de ser basura para convertirse en un recurso con valor económico», señala Barea. Eso ha permitido reducir drásticamente el abandono de plásticos en espacios naturales y obtener materiales mucho más limpios y reutilizables que los que salen del modelo actual de contenedores.

Recuperar los envases y la sensatez
Una de las razones por las que el debate sigue generando resistencia es que el SDDR suele presentarse como un cambio incómodo para consumidores y comercios. Guardar envases en casa o devolverlos en máquinas específicas puede sonar, a primera vista, a una complicación innecesaria. Pero para Greenpeace el problema es otro: llevamos demasiado tiempo normalizando que millones de envases terminen abandonados en calles, playas o montes como si fuera el precio inevitable del consumo cotidiano.
«El sistema no supone un coste, sino un depósito que el consumidor recupera íntegramente al devolver el envase —recuerda Julio Barea—. Es un modelo de justicia ambiental donde quien contamina se responsabiliza y quien colabora es recompensado».
Paradójicamente, la lógica detrás del sistema tampoco resulta tan ajena. Durante décadas, devolver botellas formó parte de la vida diaria en España. Lo extraño, en realidad, quizá haya sido acostumbrarse a fabricar envases pensados para utilizarse apenas unos minutos.
«Perdimos la cultura de la sensatez y el valor del material en favor de la rentabilidad empresarial del usar y tirar», afirma el responsable de campaña. Para Greenpeace, recuperar el SDDR no consiste solo en mejorar el reciclaje, sino en volver a entender que cada envase tiene un valor y que convertirlo automáticamente en basura tiene un enorme coste ambiental.
Por eso insiste en que el sistema puede convertirse en mucho más que una herramienta de recogida selectiva. También puede ayudar a replantear la relación que mantenemos con los productos desechables.
«Es la herramienta más eficaz para romper la inercia del desperdicio y devolver al envase su función logística original, no la de un residuo efímero —explica Barea—. Al otorgarle un valor real a cada botella, el sistema nos educa para valorar el recurso».

Si finalmente España logra implantarlo correctamente, el cambio podría terminar siendo mucho más cotidiano de lo que parece. Menos envases abandonados. Menos recursos desperdiciados. Y una rutina casi olvidada recuperando espacio en la vida diaria.
«Veremos ciudades y ecosistemas libres de envases abandonados, y la devolución de botellas será una rutina sencilla integrada en nuestra vida diaria —imagina Julio Barea—. Habremos logrado transitar hacia una economía circular real donde el ciudadano es partícipe de la solución».
El ejemplo portugués
La imagen resulta especialmente incómoda para España ahora que Portugal acaba de poner en marcha su propio sistema. El pasado abril, el país vecino comenzó a implementar el SDDR desmontando, según Greenpeace, muchos de los argumentos que se han utilizado durante años para retrasarlo aquí.
«El paso dado por Portugal es fundamental porque desmonta las excusas técnicas y geográficas de la industria española —sostiene el responsable de campaña de Greenpeace—. Demuestra que este sistema es perfectamente viable en la península ibérica y genera una presión regional necesaria para que las multinacionales dejen de aplicar dobles estándares ambientales».
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