Entrada de blog por carmen - 28-04-2026


Valentina Carvajal: «El genocidio en Gaza tiene una profunda dimensión ambiental»

El Arctic Sunrise está cruzando el Mediterráneo como parte de la Global Sumud Flotilla. El 15 de abril, zarpó desde Barcelona junto a más de setenta naves. Si la Armada israelí no lo impide, el destino será Gaza. El mítico barco de Greenpeace brinda un marco de seguridad más amplio a una misión humanitaria que –como todo conflicto bélico– tiene correspondencia con las crisis y los retos climáticos. De todo ello razonamos en esta entrevista con Valentina Carvajal Montero, responsable de la campaña de paz de Greenpeace España y una de las mil tripulantes de la flotilla de la libertad.

¿Qué representa la Global Sumud Flotilla?

Es un movimiento internacional de acción coordinada y no violenta, por tierra y mar, que trabaja para poner fin al asedio ilegal de Israel sobre Gaza, confrontar la complicidad que permite la ocupación y apoyar al pueblo palestino. Esta flotilla no se presenta solo como una misión humanitaria, sino también como una acción política: una forma de denunciar que el genocidio continúa y que no se sostiene solo por la violencia directa, sino también por las complicidades que lo permiten. Así que, en este momento, la flotilla representa una intervención concreta de solidaridad y una negativa rotunda a normalizar el genocidio, el asedio y la impunidad. También es un mensaje a los gobiernos: cuando las instituciones fallan en proteger a la población civil y en hacer cumplir el derecho internacional, la sociedad civil decide actuar.

Más allá del simbolismo, ¿qué tipo de impacto esperáis generar, aunque no sea inmediato o visible a corto plazo?

Aumentar el coste reputacional de la pasividad y complicidad internacional y reforzar la presión para que se cumpla con el derecho internacional. Y hay otro nivel, quizá menos visible, pero muy importante: demostrar que cuando las personas nos unimos de manera coordinada podemos construir precedentes, abrir espacio para otras iniciativas y evitar que el genocidio del pueblo palestino se normalice. Incluso cuando una sola misión no puede resolver las causas estructurales de décadas de violaciones de derechos humanos, puede mover la opinión pública y conseguir más resistencia organizada y solidaridad internacional que ejerza presión a los líderes políticos, que claramente están fallando.

¿Cómo encaja la participación de Greenpeace en esta misión pacifista en la trayectoria y los valores de la organización?

Greenpeace nació hace cincuenta años para detener las pruebas de armas nucleares y, desde entonces, la intersección de los movimientos por la paz y el ecologismo está en nuestro ADN. Un mundo en paz es un mundo construido sobre la cooperación, la comunidad y la conexión, donde todas las personas podamos disfrutar de nuestro derecho a un entorno seguro y saludable y vivir libres de violencia y miedo. Greenpeace siempre ha sido, y seguirá siendo, una organización que promueve la paz, el desarme y la no violencia. 

En el marco del genocidio del pueblo palestino, la organización lleva años haciendo campaña para que los gobiernos dejen de armar a Israel, dejen de armar el genocidio, dejen de alimentar crímenes de guerra y pongan fin a la ocupación ilegal continua de Palestina por parte de Israel. Greenpeace no lidera ni organiza la flotilla, pero sí aporta algo muy valioso: décadas de experiencia marítima, capacidad técnica y una tradición de poner nuestros barcos al servicio de causas justas. El Arctic Sunrise se incorpora precisamente desde ahí, como apoyo técnico y operativo, a esta misión civil más amplia. No es una desviación de su trayectoria, sino una prolongación lógica de su compromiso con la paz, la no violencia y la protección de la vida.

En ese sentido, ¿ves una conexión entre la crisis en Gaza y cuestiones ambientales o de justicia global que a veces no se hacen tan visibles?

Sí, absolutamente. Para Greenpeace esa conexión es fundamental. No podemos separar la protección del planeta de la protección de las personas que viven en él. Desde el Ártico hasta el Mediterráneo, los barcos de Greenpeace han sido herramientas de justicia, y hoy esa justicia significa también apoyar a quienes están desafiando el asedio de Gaza. El genocidio en Gaza tiene también una profunda dimensión ambiental, la destrucción del tejido social y ecológico de ese territorio ha cobrado unas dimensiones que nos llevan a hablar de ecocidio

Las guerras no solo matan personas: envenenan el agua, destruyen tierras agrícolas, colapsan infraestructuras de saneamiento, contaminan el mar, dañan el aire y degradan los sistemas que hacen posible la vida. Dejan profundas cicatrices en el planeta que perduran durante generaciones. Y ahí hay una conexión muy clara con la justicia climática y la justicia social. La paz no es solo la ausencia de bombas, es la posibilidad de vivir en un entorno seguro, saludable y habitable. Es poder beber agua limpia, cultivar alimentos, respirar aire no contaminado. Todo eso está siendo sistemáticamente desmantelado en Gaza.

La industria armamentística representa un lobby tan poderoso como las empresas de hidrocarburos.

Hay una conexión más profunda con el sistema que produce estas crisis. La misma lógica extractiva y de acumulación que alimenta la industria fósil está vinculada a la industria armamentística y a estructuras de poder que priorizan el beneficio de unos pocos sobre la vida de la mayoría. Por eso decimos que no hay justicia climática sin justicia para Palestina. No hay un futuro verde construido sobre genocidio, ocupación y destrucción ambiental. Y por eso Greenpeace entiende esta misión como coherente con su trayectoria: porque defender la paz, los derechos humanos y un planeta verde forma parte de una misma lucha. Navegamos por Gaza, pero también navegamos por una idea de justicia que entiende que no hay planeta habitable sin dignidad, sin derechos y sin paz.

El contexto global no invita al optimismo. Líbano –el país más fértil de Oriente Medio– está siendo, una vez más, el escenario de esta guerra eterna por mor de las ambiciones de Netanyahu. Aunque Trump se haya quedado encallado en Ormuz, la actualidad puede cambiar de forma radical en apenas unas horas. A bordo, ¿cómo os informáis de lo que pasa en tierra firme?

No estamos viviendo crisis aisladas, sino conflictos conectados por dinámicas comunes: militarización, disputas geopolíticas, crisis ecológica, erosión del derecho internacional y una lógica de impunidad que se está normalizando. La devastación infligida a Gaza, por ejemplo, no puede leerse como un caso aislado; se ha convertido en una peligrosa doctrina de impunidad que vemos proyectarse también en otros territorios, incluido el Líbano. 

Al mismo tiempo, estamos en un contexto global marcado por el rearme. Los niveles de paz llevan años deteriorándose. El Índice de Paz Global señala un aumento sostenido de la militarización, y hoy hay cincuenta y nueve conflictos estatales activos, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. A eso se suma un gasto militar global que lleva décadas creciendo, una escalada de la retórica a favor de las armas nucleares y el debilitamiento de los acuerdos de control de armas. Todo eso dibuja un escenario muy preocupante, donde se invierte cada vez más en capacidad de destrucción y cada vez menos en seguridad humana y en acción climática.

Creo que eso obliga también a leer Gaza en un marco más amplio, como ejemplo de un orden internacional totalmente erosionado, donde la impunidad, la militarización y la lógica de guerra están ganando terreno. Frente a eso, iniciativas como esta flotilla también son una afirmación de otra lógica posible: la de la solidaridad internacional y la capacidad de acción de la sociedad civil. En el barco, esa lectura del contexto está muy presente. La información se sigue de forma continua a través de coordinación interna, seguimiento marítimo y meteorológico, evaluaciones de seguridad y el contraste constante con análisis de actores humanitarios y analistas de quienes seguimos la evolución regional.

Como jurista y periodista, has trabajado en contextos complejos –y guerracivilistas– como Colombia. ¿Qué aprendizajes de esas experiencias te acompañan ahora en esta misión?

Lo primero es que, para entender la violencia sociopolítica, hay que mirar siempre sus causas estructurales. La violencia no surge en el vacío: se sostiene sobre estructuras de impunidad, despojo, exclusión, deshumanización y sobre narrativas que intentan volver aceptable lo que no debería serlo. Otro aprendizaje importante tiene que ver con entender que la solidaridad no puede reproducir lógicas coloniales. Desde el trabajo en organizaciones internacionales, es fundamental evitar hablar con otras personas. 

Se trata más bien de reconocer el conocimiento y el liderazgo de las comunidades junto a las que se trabaja, escuchar sus prioridades, acompañar procesos y apoyar desde la humildad política. Desde lo jurídico y lo periodístico, hay una lección que sigue siendo central: nombrar bien las cosas importa. El lenguaje no es neutral. La documentación rigurosa, la insistencia en el derecho y la precisión a la hora de describir violaciones, responsabilidades y patrones de violencia no detienen por sí solos un genocidio, pero sí son parte de cómo se combate la impunidad y se sostienen procesos de memoria, verdad y justicia.

Desde tu experiencia en incidencia política, ¿qué papel pueden jugar acciones como esta para generar cambios o abrir espacios de diálogo?

Este tipo de acciones sirven para alterar el marco de lo posible: colocan un tema en agenda, fuerzan posicionamientos, reactivan redes de solidaridad y aumentan el coste político de la inacción. A veces no abren un diálogo inmediato, pero sí crean las condiciones para que ciertas conversaciones ya no puedan seguir posponiéndose. También ayudan a conectar instituciones, medios, sociedad civil y opinión pública en torno a una exigencia clara.

En un escenario internacional tan polarizado, ¿qué importancia tiene una iniciativa como la flotilla para la sociedad civil? ¿Evitar el apagón informativo que, por desgracia, se produce entre escalada y escalada de la violencia militar?

Tiene muchísima importancia precisamente por eso. En contextos tan polarizados, el mayor riesgo no es solo la desinformación, sino el cansancio moral: que cada nueva atrocidad dure un ciclo de titulares y luego desaparezca, o que cada vez cueste más asimilar tanta violencia y nos volvamos indiferentes a ella. 

La acción directa no violenta y la desobediencia civil han sido históricamente herramientas fundamentales para lograr cambios sociales. Estas prácticas buscan desafiar normas injustas sin recurrir a la violencia, fomentando la conciencia crítica y transformaciones políticas profundas y duraderas. La flotilla es un ejemplo. Busca actuar contra ese apagón informativo para que todos los ojos vuelvan a estar sobre Gaza, sobre Palestina. Para recordar que el genocidio continúa y que, por tanto, la solidaridad también. 

Para las millones de personas que llevamos años exigiendo que pare esta barbarie, esto es esencial: sostener la atención, impedir la normalización y decir de esta forma que no aceptamos más Gobiernos que miren hacia otro lado. Hay que actuar, y hay que actuar ahora. 

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