Orgullo, memoria y decolonización: un trabajo de repensar las siglas desde el Sur global
Cada año, concretamente en el mes de junio, el llamado “Mes del Orgullo” llena las redes, calles y espacios institucionales de banderas, mensajes, discursos y celebraciones. Se conmemoran fechas importantes, celebrando avances en derechos y visibilizando identidades que durante mucho tiempo fueron negadas.
Pero esa imagen global no siempre se siente universal. Desde el Sur global- especialmente desde contextos africanos y diaspóricos- muchas de nosotras vivimos este mes con una mezcla compleja de emociones: reconocimiento, si, pero también distancia, tensión y preguntas que no siempre encuentran lugar ni espacio en los discursos dominantes.
Las siglas LGTBIQ+ no son neutras
Las siglas LGTBIQ+ han sido fundamentales en la construcción de la visibilidad política y en la articulación de luchas comunes. Sin embargo, también es necesario reconocer que son una construcción histórica situada en contextos occidentales concretos, atravesados por lenguajes, categorías y formas de entender el género y la sexualidad que no son universales.
Cuando estas categorías se presentan como único marco posible para nombrar la diversidad, corren el riesgo de invisibilizar otras formas de existencia, de identidad que no encajan en ellas y de nuestras relaciones y vínculos. Por qué nombrar no es solo describir: también es ordenar el mundo.

Colonialidad del lenguaje y borrado de la memoria
Previa a la colonización europea, a lo largo y ancho del continente africano existen múltiples formas de entender el género, el cuerpo y la sexualidad que no responden a un modelo binario rígido. Estas formas no eran homogéneas ni idénticas entre sí, pero sí compartían algo importante: se encontraban de manera profunda ligada a la espiritualidad. Por poner un ejemplo, podríamos hablar de Logun Ede, un orisha menor del panteón yoruba, conocido como ell príncipe heredero, hijo de Oshún y Oshosi. Representa la dualidad, la belleza, la juventud y la transformación, viviendo seis meses en el río (características femeninas) y seis meses en el bosque (características masculinas).
En lo comunitario, podríamos hablar de «Esposas femeninas» (Female Husbands): Históricamente, algunas mujeres nigerianas asumían el rol de esposos (enfoque económico y social) para casarse con otras mujeres, lo que permitía perpetuar linajes. Con el proceso de la colonización, se impuso un sistema legal, religioso y administrativo que reorganizó todas estas realidades desde una lógica binaria y
punitiva. Aquello que no encajaba en ese orden fue muchas veces reinterpretado como pecado, desviación o delito. Por ejemplo, está la historia de Francisco Manicongo, una persona trasladada forzosamente desde el Reino del Congo —hoy parte de la RD del Congo y Angola—hacia Brasil durante el siglo XVI, en el contexto del tráfico transatlántico de personas esclavizadas. Fue llevado a Salvador de Bahía como esclavo, probablemente en la segunda mitad del siglo XVI. La razón de su persecución no
fue solo su condición de esclavizado, sino también su identidad y expresión de género, ya que vestía y actuaba según tradiciones del Congo asociadas a los imbandas, lo que las autoridades coloniales interpretaron como “pecado” (sodomía).
Fue denunciado ante la Inquisición, lo que implicaba un riesgo real de castigo severo, incluida la muerte. Su caso muestra cómo la violencia colonial no sólo explotaba a las personas, sino que también perseguía y castigaba las disidencias sexuales y de género. En ese proceso no sólo se criminalizaron cuerpos: también se reescribió la memoria.
Esto que escribo va más allá de buscar “pruebas”, de querer buscar una historia queer africana. Lo que emerge es algo más complejo: la evidencia de que existen múltiples formas de vida, que fueron sistemáticamente filtradas, borradas por la lógica colonial o reinterpretadas.
África no es un territorio sin historia queer
Afirmar esto no significa idealizar el pasado ni negar conflictos o tensiones internas. Implica reconocer que la diversidad no es una importación reciente.
En distintos contextos africanos han existido roles de género no normativos, prácticas relacionales diversas y figuras históricas cuyas existencias desafiaban las categorías modernas. Muchas de estas memorias sobreviven desgraciadamente sólo en narrativas orales, prácticas culturales o lenguas locales: otras simplemente han sido fragmentadas por siglos de colonización y lo siguen siendo por el neocolonialismo, la radicalización y el extremismo religioso y la estatalización del derecho.
El problema no radica en la falta de historia, sino en quien tiene el poder de narrar.

El presente queer: violencia, guerra y desigualdad
Hablar de la descolonización no puede enterrarse en el pasado. El aquí, ahora, presente, los conflictos armados, la inestabilidad política y la explotación de recursos siguen marcando la vida de miles de millones de personas en distintos territorios del sur global.
En regiones como la República Democrática del Congo, los conflictos armados incluyendo la presencia de grupos como el M23– no se entienden sin el contexto más amplio de economías extractivas, décadas de violencia estructural e intereses geopolíticos. En estos contextos, la violencia se encarna. No es abstracta.
Estas personas —a quienes las categorías occidentales reducen bajo las siglas LGTBIQ+, pero que en sus territorios se nombran como Woubi, Mashoga o Shoga, entre muchos otros— enfrentan estigmatización social, ausencia de protección institucional y, en muchos casos, violencia directa en contextos donde el colapso del estado y la militarización aumentan todas las formas de abuso.
La guerra no sólo es territorial. También es corporal.
Cambio climático y desigualdad global
Las crisis climáticas añaden otras múltiples capas de complejidad. No afecta a todas las personas por igual. En el sur global, sus efectos se traducen en desplazamientos, inseguridad alimentaria, pérdida de medios de vida y migraciones forzadas. Dentro de este escenario, las personas en nuestro colectivo
hacen frente a vulnerabilidades específicas: acceso desigual a refugio, deshumanización en contextos humanitarios y exclusión de redes de protección.
La emergencia climática no es solo ambiental: es profundamente política y social.
El orgullo como espacio en disputa
El orgullo, tal y como se celebra hoy en muchos lugares del mundo, puede ser al mismo tiempo un espacio de celebración y un espacio de exclusión.
Para muchos cuerpos del sur global, migrantes, racializadas, negras o trans (como es mi caso) , el reconocimiento a menudo es parcial:se nos expone en el escaparate, pero se nos olvida en las estructuras cotidianas. Se nos invita a ser parte, pero bajo condiciones de legibilidad: encajar en categorías ya definidas, traducir a lenguas que no siempre nos pertenecen, moldearnos a
marcos que no siempre nos incluyen de manera plena.

Hacia una descolonización del orgullo
Descolonizar el orgullo no significa rechazar las luchas globales. Descolonizar también significa reconocer que no existe una única forma de vivir la diversidad. Significa aceptar que las siglas, siendo necesarias, no son suficientes. Y sobre todo, significa abrir espacios a otras memorias, otros lenguajes y otras formas de nombrar lo que somos.
La historia de la diversidad no comienza en un solo lugar y específicamente en un solo momento. Y por que la justicia, para ser real, tiene también que ser capaz de comprender lo que ha sido silenciado.
¿Y ahora qué?
Si el orgullo quiere ser algo más que una celebración, entonces debería ser también una práctica de responsabilidad. Para aquellas personas que viven en la llamada “minoría global”, eso implica ir más allá del apoyo simbólico o la visibilidad durante un mes en concreto. Implica mirar de frente las contradicciones.
No es suficiente con que los estados garanticen derechos dentro de sus fronteras, si al mismo tiempo financian, negocian o sostienen relaciones económicas y políticas con gobiernos que persiguen a nuestra comunidad. No es coherente celebrar avances mientras se participa de manera (directa o indirecta) en sistemas que perpetúan violencia en otros territorios.
La responsabilidad también es política.
Se traduce en exigir coherencia a los propios gobiernos: en sus acuerdos comerciales, en su papel en conflictos armados, en su políticas exteriores, en su relación con industrias extractivas que sostienen economías de violencia.
Significa algo más cercano: escuchar sin imponer, dejar espacio a otras formas de nombrar, no traducir todas las realidades a categorías propias y vivir la diversidad. No se trata de “dar voz”, sino de dejar de ocupar todo el espacio. Porque descolonizar y también desoccidentalizar el orgullo no es una idea abstracta. Es una práctica cotidiana que empieza asumiendo que la lucha por la diversidad no puede separarse de las estructuras globales que continúan produciendo violencia, desigualdad y silenciamiento.

Rusly Cachina es Vocal de Migrantia, Técnica de Igualdad, Responsable de Migraciones Afro-Queer, Coordinadora de Voz Migrantia Lavapiés, Coordinadora de AMIGRAS, Activista y Par Experta Trans.
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