Entrada de blog por Cristina Arjona - 07-10-2026


El cambio climático ya decide cómo te mueves

  • Durante cinco días, varias comunidades del territorio han estado expuesta a lluvias torrenciales que han causado muchos daños, interrumpido la rutina de mucha gente y causado pérdidas humanas. Una gran parte afectada ha sido el transporte público que, en el caso de Catalunya, sigue haciendo estragos.

Puentes devorados por el agua, estaciones inundadas, vías de tren suspendidas en el aire, carreteras y vías de tren bloqueadas por desprendimientos de tierra, trenes parados por los incendios o el calor… Este escenario no es el de una película distópica de ciencia ficción, sino el que vivimos cada vez con más frecuencia como consecuencia del cambio climático y la intensificación de fenómenos extremos como las DANA, las lluvias torrenciales y las olas de calor. Lo peor, sin lugar a dudas, es la trágica pérdida de vidas, las viviendas inundadas y las miles de hectáreas arrasadas por incendios incontrolables, pero además, la crisis climática también tiene impacto directo en nuestra movilidad, un pilar fundamental de nuestra vida cotidiana.

02/02/2026. Badalona. Barcelona. Greenpeace documenta los efectos de las últimas tormentas en las costas catalana y valenciana: playas que retroceden, paseos marítimos, puertos y otras infraestructuras dañados, viviendas en riesgo de inundación.
¿Cómo afecta el cambio climático a las redes de transporte?

Un reciente informe de la ONU publicado este verano lanzaba una seria advertencia: el cambio climático (provocado principalmente por los combustibles fósiles), está sometiendo -y va a ir a más-, a nuestras carreteras, trenes, puertos, aeropuertos y vías navegables a impactos mucho mayores de los habituales al agravar fenómenos meteorológicos extremos de una forma sin precedentes. Si no dejamos de quemar combustibles fósiles, es un problema que se va a incrementar todavía más año tras año. 

Daños en carreteras y trenes por fenómenos meteorológicos extremos

Aunque a priori no lo parezca, se trata de un asunto especialmente grave. La movilidad sostenible y los sistemas de transporte son vitales para nuestras sociedades así que sus interrupciones pueden tener consecuencias dramáticas para las personas, el medio ambiente, las comunidades y suponer costes financieros enormes. En España, en poco más de año y medio hemos sufrido distintos episodios que muestran las diferentes caras de este problema.

Circunvalación Valencia V30. A la izquierda cauce río Turia. Greenpeace documenta posibles causas del enorme impacto de las lluvias torrenciales en el este y el sur de España

Por ejemplo, sólo en infraestructuras, la DANA de 2024 de Valencia dejó daños multimillonarios en carreteras, cauces hídricos y red ferroviaria, dejando paralizadas las líneas de Cercanías y de Alta velocidad, además de colapsar sistemas de saneamiento y destrozar la comarca de Utiel-Requena. Y estos días estamos viendo cómo en Catalunya el sistema ferroviario no se recupera, los accidentes y las incidencias se siguen sucediendo, los transportes alternativos no son suficientes y miles de personas siguen sin opción de poder moverse desde hace cuatro días. Los conductores de Rodalies se niegan a llevar los trenes en esta situación complicada, seguramente, aún con el recuerdo reciente de los accidentes causados por desprendimientos ocurridos a principios de este año en Gelida. En ese mismo periodo, el temporal mantuvo cortada la conexión ferroviaria entre Málaga y Madrid durante meses.

Otros fenómenos meteorológicos extremos agravados por la crisis climática, como los incendios forestales, provocan cortes en la red ferroviaria cada verano. Valgan como casos ilustrativos el corte de la línea de alta velocidad entre Madrid y Galicia durante más de una semana, y el de varias líneas convencionales en Castilla y León y Extremadura en 2025.

Infraestructuras y cambio climático: la necesidad de adaptar la ingeniería civil

¿Por qué fallan los materiales y las estructuras de transporte sostenible si se supone que están bien construidos? La respuesta es sencilla: la ingeniería civil siempre se ha diseñado tomando como referencia el histórico climático local, pero el cambio climático ha dejado la historia anticuada. La propia Agencia Europea del Medio Ambiente ya advertía que nuestra red de infraestructuras está «climáticamente obsoleta» porque fue calculada con los estándares del pasado, unos que ya no existen. No es que un día puntual haga «más calor de lo normal», por ejemplo; es que el rango de temperaturas para las que se diseñan las infraestructuras se está superando sistemáticamente. La frecuencia e intensidad de lluvias torrenciales también es hoy mucho mayor que en el pasado, y muchas infraestructuras no están preparadas para soportar las nuevas inundaciones.

Greenpeace documenta posibles causas del enorme impacto de las lluvias torrenciales en el este y el sur de España
¿Adaptar las infraestructuras a los eventos meteorológicos extremos es la solución?

Según el informe de la UNECE, cada dólar invertido en adaptación climática genera más de diez dólares en beneficios económicos, sociales y ambientales. Reforzar taludes, mejorar drenajes, usar asfaltos y balastos pensados para temperaturas más altas reduce el riesgo y salva vidas. Igualmente, es necesario estar preparados y tener planes de contingencia y alternativas de movilidad para evitar que miles de personas se vean incomunicadas o se vean obligadas a utilizar el vehículo privado. 

Pero el reto no es sólo corregir los errores del pasado, sino prepararse para un futuro más complejo. El cambio climático está modificando la frecuencia e intensidad de los eventos extremos y eso obliga a repensar tanto la planificación territorial como la normativa: lo que antes era una excepción puede convertirse en algo recurrente. La ingeniería tiene el deber de plantear soluciones basadas en evidencia científica y en experiencias previas. La adaptación a eventos extremos no sólo implica reforzar estructuras, sino también reconsiderar su localización y función, así como calcular las estructuras tomando como base modelos de predicción climática futura. Necesitamos más resiliencia en nuestras infraestructuras.

La adaptación sin mitigación es pan para hoy y hambre para mañana

Resulta paradójico que el sector del transporte, uno de los principales culpables del cambio climático, sea también uno de los más afectados por él. Si sólo nos centramos en adaptar las infraestructuras, será como intentar achicar agua de un barco sin tapar la vía de entrada. 

En España, el transporte representa más de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Del sector, el transporte por carretera encabeza el ranking de emisores, siendo el mayor responsable por su alta dependencia a los combustibles fósiles: por sí solo ya supone el 31,2 % del total nacional de las emisiones, un porcentaje que no deja de crecer.

Como decíamos, los estándares de construcción de carreteras y ferrocarriles se basan en condiciones climáticas pasadas. Al variar esas condiciones, el cambio climático acelera la degradación de las infraestructuras y dispara los costes de adaptación y mantenimiento. Las medidas proactivas pueden reducir mucho esos impactos, pero sólo tienen sentido si van acompañadas de una reducción real de emisiones: dejar de usar lo más rápido posible combustibles fósiles, y reemplazarlos con renovables, eficiencia energética y suficiencia.

Activistas de Greenpeace España se manifiestan en el centro de Madrid (Puerta del Sol).
A un día del inicio de la COP28, los activistas recrearon un escenario de desastre climático utilizando restos de la inundación que devastó Madrid y Toledo en septiembre de 2023.
La mitigación del cambio climático significa reducir las emisiones

La mitigación, es decir, reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero es la única cura real. No podemos limitarnos a construir muros más altos o buscar asfaltos hiperresistentes, tenemos que cambiar radicalmente nuestro modelo de movilidad. Para ello resulta imprescindible: 

  1. Apostar de forma decidida por la proximidad e invertir en servicios públicos de cercanía  para evitar desplazamientos innecesarios. La mejor movilidad es también aquella que no obliga a recorrer grandes distancias para tener una vida digna. Necesitamos reducir la dependencia obligatoria del automóvil y construir territorios donde sea posible vivir bien sin recorrer decenas de kilómetros cada día.
  2. Potenciar el transporte público y el tren: El transporte público y el tren deben ser el eje vertebrador de una movilidad limpia. Debemos protegerlo, financiarlo y blindarlo climáticamente para que sea una alternativa real, segura y resiliente para toda la sociedad.
  3. Acelerar la electrificación del transporte: Sustituir los motores de combustión por vehículos eléctricos alimentados al 100 % por energías renovables, descarbonizando así los desplazamientos que no puedan realizarse a pie, en bicicleta o en transporte público.
  4. Eliminar el uso de jets privados y yates de lujo, y paralizar definitivamente la ampliación de aeropuertos y vuelos cortos con alternativa en tren.

Cuando hablamos de «reforzar la resiliencia del transporte», desde Greenpeace pedimos que esa conversación vaya siempre acompañada de otra: la de acelerar el fin de los combustibles fósiles, apostar de verdad por el transporte público y el ferrocarril frente al coche y el avión, y dejar de construir infraestructuras (como nuevas autovías o ampliaciones aeroportuarias) que perpetúan el modelo que nos ha traído hasta aquí.

Cristina Arjona - autor del blog.
Cristina Arjona
Ingeniera civil, especializada en transportes y servicios urbanos. Máster universitario en planificación, economía y operación del transporte urbano y metropolitano por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Responsable de la campaña de Movilidad en Greenpeace España. Bluesky: @crisarjona.bsky.social
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