El cambio climático ya está sentado a nuestra mesa
- ¿Cómo impacta el cambio climático en el precio y la calidad de los alimentos en España?
Si has ido al supermercado en los últimos meses, probablemente hayas tenido la misma sensación que millones de personas: salir con menos productos y un ticket más caro. Y esto es así porque la inflación alimentaria no para de aumentar. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) lleva años advirtiendo que los riesgos para la seguridad alimentaria aumentarán conforme el planeta continúe calentándose.
Durante mucho tiempo, hemos pensado en el cambio climático como un problema del futuro o como algo que afecta únicamente a los glaciares y a los osos polares. Sin embargo, la realidad es mucho más cercana. El cambio climático ya lo percibimos en nuestra vida diaria en forma de olas de calor, incendios devastadores y sequías, y además, ya está sentado a nuestra mesa. Está en el precio del aceite que ponemos sobre una tostada, en la fruta que compramos y en el coste de llenar nuestra cesta de la compra.
«Aunque la inflación alimentaria tiene múltiples causas, la evidencia científica señala que las consecuencias del cambio climático se han convertido en un factor estructural que impulsa el precio de los alimentos»
Y aunque la inflación alimentaria tiene múltiples causas —como el actual incremento de precios de los fertilizantes y combustibles fósiles, que además de ser los principales causantes del cambio climático forman la base del actual modelo alimentario—, la evidencia científica señala, cada vez con más claridad, que las consecuencias del cambio climático se han convertido en un factor estructural que impulsa el precio de los alimentos.
¿Qué tiene que ver el clima con el precio de la comida?
La agricultura, ganadería y pesca tienen una dependencia directa de factores climáticos, así como de recursos esenciales como el suelo y el agua, por lo que estas actividades son especialmente vulnerables a las nuevas condiciones climáticas. La agricultura, garante de nuestra alimentación, ha sufrido en muchos productos, las consecuencias directas del cambio climático.
La subida de las temperaturas medias, las sequías más intensas y prolongadas sumado a la mala gestión hídrica, y los eventos meteorológicos extremos (como picos de calor en épocas que no corresponden, las lluvias torrenciales o las borrascas), agravados por el cambio climático, han dejado un resultado nefasto. Factores que, sumados al riesgo de desertificación que afecta a gran parte del territorio español, agravan la situación y exigen medidas de adaptación urgentes.
La sequía y el caso del aceite de oliva
¿Recuerdas que en 2024 el precio del aceite de oliva se había casi triplicado respecto a los precios “normales”? Esto, desgraciadamente, puede volver a pasar. El cambio en los patrones de precipitaciones, el aumento de periodos de sequías y la disminución significativa de los recursos hídricos amenazan la producción agrícola, especialmente en el sur de Europa. En España, la disponibilidad de agua ha disminuido, con sequías más frecuentes y prolongadas.
«La falta de precipitaciones en 2022 provocó cosechas de aceite históricamente bajas, con un 54,7 % menos de producción que el año anterior (…) De enero de 2021 a junio de 2024, el precio del aceite de oliva subió un 191%, es decir, su precio casi se triplicó»
Dos años consecutivos de sequía, en 2022 y 2023, redujeron de forma drástica la producción de numerosos cultivos de secano, es decir, de aquellos que dependen fundamentalmente de la lluvia para desarrollarse. Concretamente, en 2022 las altas temperaturas y escasez de lluvias dieron lugar a una sequía repentina, larga y persistente que duró de mayo a julio. Esto afectó directamente al olivar, y por ende, al aumento del precio del aceite de oliva.
La falta de precipitaciones provocó cosechas históricamente bajas con un 54,7 % menos de producción que el año anterior y la segunda cifra más baja de producción desde 2005. El siguiente año, en la sequía de 2023, además del estrés hídrico que ya sufrían los olivares, se sumó un estrés térmico por las altas temperaturas a finales de abril y principios de mayo, dañando directamente a la floración de olivares. Lo que provocó el aborto del fruto en algunas de las variedades de olivar, reduciendo por tanto, las cosechas y contribuyendo a la inflación del aceite. Solo de enero de 2021 a junio de 2024, el precio del aceite de oliva subió un 191%, es decir, su precio casi se triplicó.
Tu vino, de peor calidad por el cambio climático
El aumento de la temperatura media puede provocar en los cultivos un desplazamiento de las zonas óptimas de producción agrícola, como es el caso de algunas cepas de vino. El alargamiento de los veranos, las primaveras que comienzan cada vez antes, y los otoños más tardíos están adelantando las cosechas y alterando los calendarios agrícolas. En el caso del vino, está generando una nueva regionalidad de las variedades de uva, para adaptarse adecuadamente a la nueva realidad climática.
Las nuevas condiciones climáticas no solo están haciendo que ciertas regiones ya no puedan cultivar determinadas variedades, sino que lo que se produce, pierda calidad. Debido al incremento de las temperaturas cuando se está formando la uva, se madura mucho más rápido, afectando directamente a su calidad. Al aumentar la temperatura, el contenido de azúcares aumenta más rápido y se recoge la uva antes para evitar que se pase de graduación. Sin embargo, los metabolitos secundarios como los famosos taninos no alcanzan la proporción necesaria y el vino pierde calidad.
Los fenómenos extremos destruyen cosechas enteras
El campo siempre ha convivido con eventos extremos como inundaciones, crecidas repentinas, sequías prolongadas, pedriscos, tormentas, lluvias torrenciales e incendios forestales. Pero no con la intensidad y frecuencia actual. El cambio climático está haciendo que estos eventos sean más severos, aumentando sus impactos y capacidad destructiva sobre los cultivos.
Por ejemplo, el tren de borrascas de principios de año fue un 11% más intenso debido al cambio climático. Esta sucesión de tormentas tuvo unas consecuencias nefastas para la producción agrícola. La estimación de indemnizaciones del seguro agrario por el tren de borrascas de principios de 2026 se elevó hasta los 50 millones de euros y la superficie declarada con siniestro alcanzó las 70.000 hectáreas a nivel nacional.
«La estimación de indemnizaciones del seguro agrario por el tren de borrascas de principios de 2026 se elevó hasta los 50 millones de euros»
Estas adversidades climatológicas tuvieron una especial incidencia en Andalucía, donde las lluvias muy intensas, el viento y las inundaciones por el desbordamiento de varios ríos ocasionaron daños en cultivos en desarrollo o próximos a la recolección, como olivar, frutos rojos, hortalizas o cítricos.
¿Y tú? ¿Qué puedes hacer?
A modo resumen, te proponemos una compra más asequible y sostenible, de manera que no afecte a tu bolsillo ni incrementemos la crisis climática actual. La transformación del sistema alimentario también depende de nuestras decisiones de compra:
- Consumo de cercanía y temporada: con ello reduciremos las emisiones vinculadas al transporte de alimentos, además de contribuir a la economía local y a la adaptación de los sistemas productivos a las temporadas que tocan.
- Transición dietética: la ciencia es clara en el poder que tiene adoptar dietas más ricas en vegetales y bajas en proteína animal, no solo por sus beneficios para la salud, sino también como palanca transformadora hacia la sostenibilidad y la reducción de emisiones.
- Reducir el desperdicio: en España se tira y desperdicia un cuarto de la comida producida; reducir este desperdicio supone dejar de tirar nuestro dinero, pero también el agua, la energía, el trabajo que se ha necesitado para producirlo.
- Elegir productos ecológicos: apoyar modelos que respetan mejor los recursos y ecosistemas y remuneren de forma más justa a los productores.
Mientras tanto, nosotras seguimos haciendo presión al gobierno para que proteja nuestro sistema alimentario frente al cambio climático de dos maneras: acelerando la transición para dejar atrás los combustibles fósiles y transformando la manera de producir alimentos en tierra y en mar. Porque es urgente adaptar nuestros sistemas alimentarios a la nueva realidad climática, manteniendo empleos dignos y produciendo alimentos de manera sostenible para el clima y las personas.
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