Entrada de blog por Carlos Garcia Paret - 19-06-2026


Salir de Ormuz: 6 soluciones radicales para pasar la página de la adicción fósil

Más de 100 días de guerra ilegal en Oriente Medio han provocado, además de un terrible balance de vidas truncadas, la mayor crisis energética desde los años 70. Las cifras nos abren los ojos: 115.000 millones de dólares de derroche militar y 50.000 millones de pérdidas (en la Unión Europea) que han engordado las cuentas de resultados de las corporaciones de armas y fósiles en lugar de financiar la sanidad, la educación, la vivienda o la acción climática que tanto nos urge. A ello se suma un coste ecológico devastador: sólo los primeros 14 días de conflicto emitieron 5 millones de toneladas de CO2; si el sector militar fuese un país, sería el quinto más contaminante del planeta. Frente a esto, los Gobiernos lamentablemente no han escuchado a las Climabar y aplican su habitual doble rasero: predican soberanía verde pero destinan el 86% de los fondos a incentivar un mayor uso de los combustibles fósiles (países UE), dejando a la ciudadanía desprotegida ante la subida de la factura energética, alimentos, alquileres y alimentos, rehenes de un delirio belicista ajeno al bien común.

Pero este no pretende ser un blog del clásico “todo mal”, sino una llamada a nuestra capacidad colectiva de cambiar las cosas. En realidad, el panorama actual -guerras, inflación, crisis climática…- no es más que la sacudida de un modelo fósil moribundo. Si miramos la historia, vemos que en las crisis profundas pueden nacer decisiones transformadoras: tras la Segunda Guerra Mundial ganaron fuerza la seguridad social, la sanidad pública y los procesos de descolonización; y de los choques petroleros de los 70 salieron las primeras políticas ambientales. ¿Y si estos estertores de la era de «quemar cosas» son el preludio de algo mejor? 

A continuación, presentamos seis ideas tan radicales como llenas de sentido común para acelerar la transición, mejorar nuestro bienestar y abandonar de una vez por todas la dependencia de los combustibles fósiles. Vaya por delante: si eres de los que sufren por el bienestar de las petroleras, crees que siempre ha hecho calor o que esto se arregla con macetas en los balcones, este no es tu blog.

¡Ni jets, ni yates! A tope con el transporte público

El sector del transporte devora el 60% del petróleo mundial. En plena crisis climática, los jets privados, megayates y cohetes de una élite diminuta generan una deuda con el planeta y son una obscenidad: en solo un año, un multimillonario emite en su jet lo mismo que una persona promedio en 300 años, y en su yate, el equivalente a 860 años. Mientras, la mayoría se aprieta el cinturón para pagar el transporte del día a día. Por ello, prohibir, restringir y gravar estos caprichos como los vuelos VIP y, en general, suprimir vuelos innecesarios con alternativa sostenible, enviaría un mensaje rotundo de que el clima importa, y aportaría los recursos públicos para lo que de verdad importa.  

Una vez resuelto este elemento de justicia climática, para el grueso de la población, la apuesta de las autoridades no debería ser ampliar aeropuertos o atiborrar las ciudades con más coches. La solución es que el transporte público sea uno de los pilares del Estado del Bienestar. Y un primer paso fundamental es tener un abono único anual, universal y a precios justos para todo el territorio y medios de transporte. Esta medida alivia el coste de la vida y beneficiará de inmediato al 60% de la población (España). No es una utopía: el abono asequible de Austria y Alemania, la Tarifa Zero en cien municipios de Brasil o los «billetes rosas» para mujeres en la India demuestran que, cuando el transporte es accesible, la ciudadanía responde, el coche se aparca, las emisiones se desploman y la salud mejora. En España ya se ha dado un primer paso, pero necesitamos implantarlo de forma integral y permanente.

La energía en manos de la gente

La verdadera seguridad energética es renovable y local, y no la de Ormuz, Trump o Putin. En España, 837 comunidades energéticas ya demuestran que producir y almacenar nuestra propia electricidad abarata la factura y nos da mayor seguridad de suministro. Con un marco legal adecuado y si desviamos una parte de los subsidios a los combustibles fósiles hacia estas iniciativas, podríamos multiplicarlas por cientos y proteger los municipios de cualquier crisis.

Este futuro ya está aquí y depende de nosotras. En 2025, el 85% de la nueva capacidad eléctrica mundial fue renovable. Un estudio de Greenpeace de 2026 demuestra que en España y Portugal estamos preparadas para dar el salto hacia un modelo 100% verde, eficiente y suficiente, es decir, capaz de garantizar una vida digna, sin sobrepasar las capacidades de regeneración del planeta. Este sistema combina sol, viento, redes inteligentes y gestión de la demanda -reduciendo el derroche- para que el excedente de energía limpia y barata nos garantice la seguridad que necesitamos.

Para sostener este cambio hay dos decisiones clave. La primera, que los beneficios de las renovables lleguen realmente a la gente con incentivos estables y no se los queden los de siempre. La segunda, que los Gobiernos, en vez de acumular petróleo, creen una Reserva Estratégica de Almacenamiento Verde. Así como las crisis de los 70 alumbraron las reservas de crudo, la inestabilidad actual exige obligaciones vinculantes de baterías a gran escala, bombeo hidroeléctrico, redes integradas y gestión de la demanda ciudadana como solución climática y escudo de seguridad fundamental. Usar los sistemas de almacenaje adecuados reduce drásticamente la necesidad de minerales clave.

Casas dignas, renovadas y sin gas

La vivienda se ha convertido en el problema de nuestra generación porque el sistema la trata como un bien especulativo en favor de los de arriba. Pero además, el parque residencial español – y los edificios en general – es un coladero de energía fósil a merced de los Ormuz de turno: el 95% de las casas se construyeron bajo normativas anticuadas, convirtiéndolas en auténticas «bombas climáticas». 

Es inadmisible tener a la ciudadanía en la tesitura de pagar el alquiler o la hipoteca o enfriar la casa. Es imperativo pararle los pies a los especuladores y garantizar una vivienda digna a través de una rehabilitación masiva. Y lo que sirve para evitar achicharrarse en nuestras casas, también lo es para los coles, hospitales… Necesitamos mejorar la eficiencia energética de nuestros barrios y pueblos y sacar el gas de los edificios para transformar los lugares que habitamos en espacios de bienestar y verdaderos refugios climáticos. Las ciudades verdes y con los servicios a menos de 15 minutos son el entorno ideal para nuestras viviendas dignas.  

Recientemente en “Tú llave de la vivienda digna” hemos propuesto cómo hacer la revolución de los hogares accesibles y sostenibles creando un Monedero que traiga oportunidades para todas. Podemos rehabilitar cerca de 10 millones de viviendas antes de 2040, y con ello reducir 48 millones de toneladas de CO₂, ahorrar al año el equivalente a la factura anual de la luz de cinco millones de hogares, y crear unos 350.000 empleos. En otros países, como Dinamarca o Francia, ya lo han pillado y están a tope. ¿Y por aquí?

Rescatar el campo de la codicia de la agroindustria

Nuestro sistema alimentario depende peligrosamente del gas de los fertilizantes sintéticos. Cuando la energía se dispara, el campo se ahoga y el agronegocio bate récords de beneficios y exige desregular sus productos peligrosos para la salud. La solución no es rescatar sus balances o hacer normas a su medida, sino acelerar la transición hacia la agroecología y la soberanía alimentaria frente a la codicia del agronegocio y los shocks geopolíticos.

©Greenpeace/MG

Coincidiendo con la celebración hoy de San Valentín, Greenpeace sobrevoló la macrogranja de cerdos que CEFU, S.A. (El Pozo – Grupo Fuertes) tiene en Hellín (Albacete), para denunciar el nefasto modelo de ganadería industrial que sigue imperando en España y para pedir que se frene de una vez su expansión y se reduzca la cabaña ganadera en intensivo. En el globo se podía leer “Make Love, Not Macrogranjas” y varios activistas de la organización portaban otros mensajes como “Esto no es amor, es una maldita macrogranja”. Este macrocomplejo industrial está compuesto por 12 núcleos con una capacidad para explotar a unos 150.000 animales.

Blindar la seguridad económica y la salud en nuestra mesa y apoyar a los que cuidan de ella es una cuestión de sentido común. En la UE hemos denunciado que las ayudas de la Política Agraria Común se las queden los que más tienen en detrimento del resto. Pero por aquí, los poderes públicos pueden hacer muchas cosas: usar la compra pública para transformar los comedores escolares y de hospitales como clientes de los agricultores familiares, garantizando menús frescos y sostenibles. Al mismo tiempo, fomentar mercados de proximidad y sin intermediarios, cheques comedor e incentivos para que los alimentos ecológicos sean accesibles para las familias y no un lujo. El objetivo es claro: usar las instituciones y las leyes para ayudar a los productores a romper con la trampa fósil del agronegocio y cuidar el campo.

En la situación actual necesitamos un primer paso radical: rescatar a quienes nos alimentan con un «bono climático» mensual para nuestros 250.000 pequeños agricultores; un balón de oxígeno para cubrir costes y transicionar hacia un modelo libre de fósiles y más respetuoso con el medio ambiente y las personas. 

Impuestos al Monopoly

Cada crisis internacional o sacudida geopolítica activa la misma aspiradora de rentas que engorda unos pocos bolsillos mientras la mayoría social sufre el coste de vida. No es casualidad que Elon Musk se haya consolidado como el primer homo sapiens con 1 billón de dólares (12 ceros!!). En cada crisis funciona la «teoría del shock» de Naomi Klein: actores tóxicos que utilizan la confusión para acaparar beneficios en sectores clave como el inmobiliario, el alimentario y, sobre todo, el energético. Es la denominada «inflación de la codicia». Un ejemplo claro es cómo las petroleras europeas aprovecharon las primeras semanas del conflicto de Irán para embolsarse 2.500 millones de euros en márgenes extraordinarios, demostrando que la dependencia de los combustibles fósiles es un motor de desigualdad. ¿Te parece aceptable este Monopoly con las cosas de comer? 

8/11/2024. Madrid. Greenpeace proyecta sobre el edificio del Congreso de los Diputados (Madrid) el mensaje “Aquí manda Repsol” para denunciar la retirada del impuesto a las energéticas que se pretende acordar en la Comisión de Hacienda

Para cortar de raíz este expolio, los Gobiernos deben adoptar medidas de control de la codicia y dejar de “quemar dinero público” financiando los combustibles fósiles -que han recibido 137.000 millones de dólares desde el inicio de la guerra-.  Es hora de que cada euro vaya a financiar un Contrato Social Verde que haga posible “llegar a final de mes” y evitar “el final del mundo”, dejando atrás nuestra dependencia y vulnerabilidad y recuperando nuestra soberanía económica. ¿Has oído hablar de Make Polluters Pay o Tax The Super Rich? Son las banderas de justicia económica de nuestra generación. Para que dejen de ser solo lemas, necesitamos un impuesto permanente a las grandes fortunas y a los beneficios caídos del cielo de las petroleras y que la ciudadanía recupere el control de la riqueza usurpada por la especulación. Y, vas a flipar, esto no lo dice Robin Hood, sino la Constitución Española (art. 128). 

Dejar de alimentar el poder fósil y de las armas 

Cada vez que estalla un conflicto o un shock energético, las multinacionales del petróleo, del gas y la agroindustria activan el mismo manual: gastan millones en publicidad engañosa y patrocinios para presentarse como la única solución «segura», mientras sabotean la acción climática entre bambalinas. Es hora de tratar la publicidad de los combustibles fósiles y de las macrogranjas como en su día tratamos al tabaco: ¡prohibiéndolo! Eliminar sus logotipos de eventos como el Mundial de Fútbol 2026, de las instituciones educativas y patrocinios culturales. Esto no reducirá las emisiones, pero les arrebatará su herramienta más poderosa para comprar influencia política y legitimidad social. Ciudades como Ámsterdam ya han demostrado que prohibir estos anuncios es posible, popular y necesario. 

La desconexión de los combustibles fósiles debe llegar también al plástico. Un precio de los envases plásticos disparado encarece la cesta de la compra. Los Gobiernos deben dejar de regalar dinero público a la industria petroquímica y redirigir esos subsidios hacia alternativas sostenibles y sistemas de reutilización y recarga locales y accesibles. Países como Francia, con su red de envases de vidrio retornables, o iniciativas en Canadá y Yakarta demuestran que, con objetivos vinculantes de residuo cero, podemos acortar las cadenas de suministro, crear empleo y liberarnos de la dictadura del plástico de un solo uso. Y seguiremos luchando por un Tratado Global para que el plástico no se nos haga bola.

Finalmente, en estos meses hemos recordado que el No a la Guerra debe ser ahora y siempre un revulsivo que impida a acostumbrarnos a la barbarie, a la avaricia y a las mentiras de toda guerra. La coherencia política exige pasar de los discursos bienintencionados de condena de regímenes genocidas a la acción legislativa contundente mientras se venden armas. Es urgente aprobar una Ley integral de Embargo de Armas que prohíba de forma efectiva el comercio militar con países que violan gravemente los derechos humanos.

Acción No a la Guerra en Madrid, 2026

Por qué importan estas ideas

Por sí solas, estas propuestas son fundamentales para no seguir alimentando un sistema fósil y militar que nos hace más vulnerables. Juntas ofrecen una respuesta distinta a las crisis: una que protege a la gente, hace pagar a los especuladores y trata a las renovables, los servicios públicos y la agricultura ecológica como elementos clave de nuestro bienestar y no como lujos. Los últimos 100 días demuestran que depender del petróleo es la receta para vivir permanentemente en crisis. Los próximos 100 días deben servir para algo más valiente y original que maquillar impuestos o liberar reservas de crudo. Las herramientas para construir una economía justa, limpia y segura ya están listas. La única pregunta es si por fin las vamos a usar.

Carlos Garcia Paret - autor del blog.
Carlos Garcia Paret
Economista por la Universidad Autónoma de Madrid, Master de Clima y Energía por la Universidad Paris Dauphine. Coordinador de Incidencia Política. Bluesky: @carlosparet.bsky.social
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